
El proyecto de ley rescate excursionistas ha abierto una conversación que, a mi juicio, Chile tenía pendiente hace bastante tiempo: qué ocurre cuando una persona, por negligencia, imprudencia o falta mínima de preparación, termina generando una operación de búsqueda, rescate o salvamento en zonas agrestes.
Y lo digo con bastante cuidado, porque no se trata de apuntar con el dedo a quien sufre un accidente. Quienes realizamos actividades al aire libre sabemos que el riesgo existe. Una caída, una lesión, una descompensación, un cambio brusco de clima o una mala lectura del terreno pueden ocurrir incluso cuando una persona se prepara bien.
Pero también hay otra realidad, y creo que es necesario decirla con claridad: muchas emergencias no nacen de un accidente inevitable, sino de decisiones mal tomadas antes de salir.
Salir sin revisar el meteo.
Salir tarde.
No llevar abrigo.
No portar linterna.
No avisar la ruta.
No llevar agua, alimentación o botiquín.
No conocer el terreno.
Confiar demasiado en el celular.
Subestimar una ruta porque alguien la vio en redes sociales.
Eso ya no es solo mala suerte. Eso empieza a entrar en el terreno de la imprudencia.
Y cuando una imprudencia termina activando a Carabineros, Bomberos, Socorro Andino, equipos municipales, voluntarios espontáneos, operadores locales o personal de emergencia, la situación deja de ser un problema individual. También se transforma en una carga para quienes deben salir a buscar, rescatar o asistir, muchas veces en condiciones complejas y con riesgo para ellos mismos y sobre todo sin conocimientos técnicos sobre buscar, rastrear y rescatar.
Una experiencia personal en Monte Tarn
Hace un tiempo tuve la oportunidad de visitar el Monte Tarn, en la Patagonia chilena. Lo hice junto a unos conocidos de la zona, personas que viven en Punta Arenas y que conocen mucho mejor que uno esa geografía austral, ese clima cambiante y esa forma tan particular que tiene Magallanes de recordarte que allá la naturaleza no se toma a la ligera.
El Monte Tarn está ubicado en la península de Brunswick, en la Región de Magallanes, frente al Estrecho de Magallanes. Es un lugar impresionante, pero también exigente. Hay bosque, turba, humedad, viento, cambios rápidos de clima y una sensación de aislamiento que no siempre se dimensiona desde una fotografía o una publicación en redes sociales.
Antes de ingresar a la ruta, por recomendación de mis acompañantes locales pasamos por Carabineros en el sector de Agua Fresca, al costado del camino, para avisar que íbamos a realizar la actividad. Para algunos puede parecer un trámite simple. Para mí, en cambio, fue una señal clara de cultura preventiva.
Avisar quién entra, cuántas personas van, cuál es la ruta estimada y a qué hora se espera regresar puede parecer algo básico, pero en una emergencia esa información puede marcar una diferencia enorme.
Porque cuando alguien no vuelve, las primeras preguntas son siempre las mismas:
¿Quiénes ingresaron?
¿Cuántas personas eran?
¿A qué hora comenzaron?
¿Qué ruta iban a realizar?
¿Qué experiencia tenían?
¿Qué equipo llevaban?
¿Cuándo esperaban regresar?
¿Hay una persona externa que pueda confirmar datos?
Si esa información no existe, cualquier búsqueda parte con una desventaja.
Mi experiencia en Monte Tarn me dejó pensando precisamente en eso. No porque el sistema fuera perfecto, sino porque al menos existía una acción concreta: avisar. Había una práctica instalada de informar el ingreso y también de registrar el retorno. Y eso, en seguridad outdoor, tiene mucho valor.
El problema de la hoja suelta
Lo que me hizo pensar esa experiencia en Monte Tarn fue justamente el contraste con otros lugares que he conocido.
En algunas rutas existe una administración clara, un sistema de control, un guardaparque, una oficina o al menos una institución que recibe el aviso. Pero en otros sectores de Chile el registro de excursionistas sigue siendo demasiado informal.
A veces es una hoja suelta.
A veces es un cuaderno que queda en una caseta.
A veces es una conversación verbal.
A veces nadie revisa quién volvió.
Y en muchos lugares simplemente no existe ningún registro.
Entonces uno se pregunta: ¿realmente estamos gestionando el riesgo o solamente estamos dejando constancia de que alguien pasó por ahí?
Porque registrar no es solo anotar un nombre. Registrar debería ser parte de un sistema mínimo de prevención. Y ese sistema tiene que considerar tanto el ingreso como el retorno.Si una persona se anota al entrar, pero nadie verifica si salió, el proceso queda incompleto.
En seguridad outdoor, el cierre de la actividad es tan importante como el inicio.
Reservas privadas, parques privados y registros deficientes
También me ha tocado visitar parques y reservas privadas donde el registro de ingreso es bastante deficiente. Y esto, a mi juicio, debería ser parte de la conversación.
Porque una cosa es una ruta libre, sin administración clara, donde el excursionista asume casi completamente la responsabilidad de planificar, avisar y tomar decisiones. Pero otra cosa distinta es ingresar a un parque privado o a una reserva privada donde existe un cobro de entrada.
Ahí aparece una pregunta legítima: cuando se cobra un ingreso, ¿qué se está cobrando realmente?
¿Se cobra solamente por permitir el paso a un área natural?
¿Se cobra por el uso de senderos?
¿Se cobra por estacionamiento?
¿Se cobra por baños?
¿Se cobra por señalética?
¿Se cobra por mantención?
¿Se cobra por información?
¿Se cobra por seguridad básica?
¿Se cobra por una experiencia administrada?
Porque si una reserva privada o un parque privado cobra entrada, entonces no basta con recibir el dinero y dejar que la persona camine por el lugar. Al menos debería existir un estándar mínimo de información, registro y gestión preventiva.
No estoy diciendo que una reserva privada tenga que transformarse en un equipo de rescate. Tampoco estoy diciendo que pueda controlar todos los riesgos de una actividad outdoor. Eso sería poco realista.
Pero sí creo que debería tener procedimientos básicos y claros.
Por ejemplo: registro de ingreso, registro de salida, información de la ruta, horarios recomendados, nivel de dificultad, puntos de riesgo, zonas sin señal, condiciones metereologícas relevantes, teléfonos de emergencia, protocolo de cierre y una forma mínima de activar apoyo si una persona no regresa.
Si se cobra una entrada, también debería existir una responsabilidad proporcional sobre la administración del lugar.
Y aquí quiero ser bien claro: el problema no es cobrar. El problema es cobrar sin entregar información suficiente, sin registro ordenado y sin procedimientos mínimos para saber quién entró, quién salió y qué hacer si alguien no regresa.
Además, hay algo de fondo que también merece discutirse. Muchas de estas áreas naturales son espacios que, de una u otra forma, conectan con un patrimonio natural que todos valoramos y al cual muchas personas sienten que deberían poder acceder. Entonces, cuando se cobra por entrar, la administración privada debería ser muy transparente respecto de qué incluye ese cobro y qué no incluye.
Si el cobro es solo por acceso, que se diga.
Si no hay monitoreo de senderos, que se informe.
Si no existe equipo de rescate, que se advierta.
Si no hay señal telefónica, que se comunique antes.
Si el visitante debe asumir toda la responsabilidad de su actividad, también debe quedar claro.
Lo que no puede ocurrir es que una persona pague una entrada y asuma, equivocadamente, que existe un sistema de seguridad, supervisión o control que en realidad no existe.
La transparencia también es parte de la prevención.
En actividades outdoor, la experiencia no termina en la belleza del paisaje. También incluye cómo se administra el riesgo.
Proyecto de ley rescate excursionistas: qué propone el Boletín 17.347-22
El Boletín 17.347-22 corresponde a un proyecto de ley que busca sancionar la imprudencia de excursionistas, senderistas o montañistas cuando esa conducta genere operaciones de búsqueda, rescate o salvamento.
Según la ficha legislativa de la Cámara de Diputadas y Diputados, el proyecto ingresó el 14 de enero de 2025, tiene origen en una moción parlamentaria y actualmente figura en segundo trámite constitucional. Esto significa que todavía no es ley vigente, pero sí corresponde a una iniciativa que ya avanzó en su tramitación.
La Biblioteca del Congreso Nacional resume el objetivo de la iniciativa como sancionar a excursionistas, senderistas o montañistas que, por incurrir en conductas constitutivas de imprudencia temeraria, den lugar a labores de búsqueda, rescate o salvamento. Además, el proyecto considera normas mínimas de seguridad, obligación de aviso y posibilidad de aplicar multas.
Este punto es importante, porque el proyecto no solamente habla de castigo. También instala una idea que debería ser parte de cualquier salida responsable: avisar, planificar y cumplir condiciones mínimas antes de entrar a una ruta.
Desde mi mirada, el proyecto de ley rescate excursionistas no debería entenderse únicamente como una medida sancionatoria. Debería abrir una conversación más amplia sobre cómo estamos saliendo a terreno en Chile y qué tan preparados estamos como país para prevenir emergencias outdoor.
Accidente no es lo mismo que imprudencia
Esta distinción es clave.
Una persona puede sufrir un accidente aun haciendo las cosas bien. Puede revisar el clima, llevar buen equipo, avisar su ruta, contar con experiencia y aun así tener una caída, una lesión o enfrentar una situación compleja.
Eso es parte del riesgo inherente a muchas actividades outdoor.
Pero otra cosa muy distinta es salir sin preparación mínima.
No es lo mismo una torcedura inesperada que iniciar una ruta larga a última hora del día sin linterna.
No es lo mismo una lesión accidental que subir sin abrigo en una zona donde la sensación térmica puede caer rápidamente.
No es lo mismo un cambio metereologico difícil de prever que no haber revisado ningún pronóstico.
No es lo mismo extraviarse pese a llevar mapa, track y comunicación, que entrar a una ruta sin saber hacia dónde va.
Por eso me parece importante que el debate no se reduzca a “cobrar o no cobrar rescates”. Esa discusión puede ser muy simplista.
La pregunta de fondo es otra: ¿qué se hizo antes de que ocurriera la emergencia?
La imprudencia también expone a quienes rescatan
Cuando una persona se pierde o se lesiona en una zona agreste, no solo se pone en riesgo ella. También obliga a que otros salgan a buscarla.
Carabineros, Bomberos, Socorro Andino, equipos municipales, SAMU, voluntarios espontáneos, operadores locales o personas de la comunidad pueden terminar movilizándose en condiciones difíciles. Muchas veces de noche, con frío, viento, lluvia, terreno irregular, poca visibilidad o comunicaciones limitadas y sobre todo sin conocimiento técnico en buscar, encontrar y rescatar que son tres acciones muy distintas.
Eso también hay que considerarlo.
Un rescate no es una escena de película. Es una operación que implica tiempo, recursos, coordinación y exposición real para quienes participan.
Entonces, cuando alguien genera una emergencia por no tomar medidas mínimas, el problema deja de ser individual. Se transforma en una carga para un sistema completo de respuesta.
Educación antes que sanción
Personalmente, creo que una multa puede tener sentido en casos evidentes de imprudencia. Si alguien ignora recomendaciones básicas, no avisa, no lleva equipo mínimo, se interna en una ruta sin preparación y producto de eso activa un operativo de rescate, es razonable que exista una consecuencia.
Pero también creo que la sanción no puede ser el centro de la estrategia.
Multar después del rescate no evita por sí solo el próximo accidente. Educar antes, señalizar mejor, registrar mejor y coordinar mejor sí puede reducir emergencias.
Por eso el tema debe abordarse con equilibrio.
No se trata de que la gente tenga miedo de salir. Tampoco se trata de transformar la naturaleza en un espacio lleno de trabas. Se trata de promover una cultura outdoor más responsable.
Salir a la montaña, caminar por un sendero, visitar una zona aislada o recorrer la Patagonia exige algo más que entusiasmo. Exige preparación.
El rol de las oficinas municipales de emergencia
Desde el punto de vista municipal, el proyecto de ley rescate excursionistas también debería obligarnos a mirar cómo se están preparando los territorios para prevenir este tipo de emergencias.
Las oficinas municipales de emergencia podrían tener un rol mucho más activo, especialmente en comunas con alta actividad outdoor, zonas rurales, cerros, volcanes, lagos, ríos, bosques, senderos o rutas de alta visitación.
No estoy diciendo que cada municipio tenga que transformarse en un equipo especializado de rescate de montaña. Eso no sería realista. Muchos municipios no tienen presupuesto, personal ni equipamiento para eso.
Pero sí pueden cumplir una función clave en prevención, coordinación e información.
Por ejemplo, podrían levantar un catastro de rutas más visitadas, sectores con mayor número de extravíos, puntos sin señal telefónica, accesos vehiculares, zonas de evacuación, horarios recomendados, temporadas críticas y contactos de coordinación.
También podrían implementar formularios digitales simples para aviso de salida y retorno. Un código QR en un acceso, una página municipal básica o un formulario enlazado desde redes sociales puede ser un primer paso.
No todo requiere una gran inversión.
Lo importante es que el registro no sea simbólico, sino útil.
Qué debería tener un registro básico
Un sistema simple de aviso de salida debería pedir información concreta:
Nombre y RUT de quien lidera el grupo.
Teléfono de contacto.
Teléfono de emergencia externo.
Número de personas.
Ruta que realizarán.
Hora de ingreso.
Hora estimada de retorno.
Experiencia general del grupo.
Equipo básico disponible.
Medio de comunicación.
Patente del vehículo, si corresponde.
Confirmación de salida o retorno.
Y aquí está uno de los puntos más importantes: el retorno.
Porque no basta con registrar que alguien entró. También hay que tener una forma de confirmar que salió.
Puede ser un mensaje, un formulario, un aviso en la unidad correspondiente o un sistema simple de cierre. Pero debe existir.
En muchos lugares de Chile se habla de prevención, pero todavía falta transformar esa prevención en procedimientos concretos.
Qué deberían mejorar parques y reservas privadas
Así como los municipios pueden cumplir un rol preventivo, los parques y reservas privadas también deberían mirar seriamente sus propios procedimientos.
Cuando un visitante paga una entrada, no necesariamente está comprando seguridad absoluta. Eso sería imposible de garantizar en un ambiente natural. Pero sí debería recibir información clara, honesta y suficiente para tomar buenas decisiones.
Qué debería informar una reserva antes de permitir el ingreso
Un parque privado debería informar, como mínimo:
Nivel de dificultad de sus rutas.
Tiempo estimado real de recorrido.
Horario máximo recomendado de ingreso.
Zonas sin señal telefónica.
Condiciones del sendero.
Riesgos relevantes.
Existencia o no existencia de personal en terreno.
Existencia o no existencia de monitoreo.
Protocolos en caso de emergencia.Teléfonos de contacto.
Procedimiento para registrar salida. Frecuencias radiales de comunicación.
Eso no solo protege al visitante. También protege a la propia administración.
Porque cuando un lugar cobra entrada, genera una relación con quien ingresa. Y esa relación no puede limitarse a entregar un ticket o permitir el paso.
En mi opinión, si una reserva privada cobra por el acceso a un entorno natural, debería asumir al menos una responsabilidad básica en información, prevención y registro.
De lo contrario, el cobro se vuelve difícil de justificar desde el punto de vista de la experiencia y de la seguridad.
Coordinación local antes de la emergencia
Otro punto importante es la coordinación.
Un rescate no debería ser la primera instancia donde Carabineros, Bomberos, municipio, SAMU, Socorro Andino, CONAF, administradores privados, operadores turísticos y organizaciones locales se comunican entre sí.
Esa coordinación debe existir antes.
Cada comuna con actividad outdoor debería saber cuáles son sus rutas críticas, quién tiene acceso vehicular, dónde no hay señal, qué organizaciones pueden apoyar, qué unidades están más cerca y cómo se activa una primera respuesta.
A veces los territorios tienen mucha información dispersa, pero no necesariamente ordenada.
El guía local sabe algo.
El operador turístico sabe otra cosa.
Carabineros conoce ciertos sectores.
Bomberos tiene experiencia en accesos.
El municipio tiene antecedentes de emergencias.
Los vecinos conocen caminos secundarios.
Las reservas privadas conocen sus propios senderos.
El desafío es juntar esa información antes de que ocurra el problema.
También hay una responsabilidad de quienes salimos a terreno
Dicho todo lo anterior, la responsabilidad municipal, institucional o privada no reemplaza la responsabilidad individual.
Quien sale a terreno también tiene deberes básicos.
Salir sin revisar el clima, comenzar una ruta demasiado tarde o no llevar abrigo suficiente puede cambiar completamente una actividad.
También ocurre cuando una persona no porta linterna, no avisa su ruta, no lleva agua, alimentación o botiquín, o simplemente entra a un sector que no conoce.
A eso se suma otro problema cada vez más común: confiar demasiado en el celular o subestimar una ruta porque alguien la mostró en redes sociales como si fuera algo simple.
A veces una buena decisión outdoor no es llegar a la cumbre. Es volver a tiempo.
Y eso cuesta entenderlo, porque muchas veces se instala la idea de que abandonar una ruta es fracasar. Para mí, no es así. Volver a tiempo puede ser una decisión técnica correcta.
Redes sociales y falsa sensación de facilidad
Hoy muchas personas conocen rutas por redes sociales.
El riesgo de mostrar rutas como si fueran simples
Ven una foto, un video corto, una publicación bonita, y sienten que la ruta es sencilla porque alguien la mostró en pocos segundos.
Pero una imagen no muestra todo.
No muestra el viento.
No muestra el frío.
No muestra la humedad.
No muestra el barro.
No muestra la exposición.
No muestra la falta de señal.
No muestra el cansancio acumulado.
No muestra cómo cambia el terreno cuando baja la visibilidad.
Ese es un problema creciente.
La difusión de rutas puede ser positiva, pero también puede generar una falsa sensación de seguridad. Por eso quienes comunicamos temas outdoor tenemos una responsabilidad adicional: no basta con mostrar lo bonito. También hay que hablar de preparación.
No se trata de que la gente tenga miedo de pedir ayuda
Esto hay que repetirlo con claridad.
Nadie debería dejar de pedir ayuda por miedo a una multa.
Si una persona está extraviada, lesionada, con hipotermia, desorientada o en riesgo, debe pedir ayuda. Siempre !!.
El objetivo de una norma de este tipo no debería ser castigar a quien necesita auxilio, sino generar responsabilidad frente a conductas claramente imprudentes.
Una regulación mal comunicada podría provocar algo peligroso: que alguien demore en avisar por miedo a ser sancionado.
Por eso, si este proyecto sigue avanzando, será fundamental explicar bien la diferencia entre accidente e imprudencia. También será necesario establecer criterios claros, proporcionales y aplicables.
Una oportunidad para ordenar la cultura outdoor en Chile
Chile tiene una geografía extraordinaria. Tenemos Patagonia, cordillera, volcanes, bosques, lagos, ríos, desierto, costa, islas y rutas rurales. Pero esa misma geografía exige respeto.
No basta con tener ganas de salir.
No basta con seguir una publicación de Instagram.
No basta con confiar en que “algo se verá en el camino”.
La seguridad se trabaja antes.
Y desde ahí creo que el Boletín 17.347-22 puede transformarse en algo más que una discusión sobre multas. Puede ser una oportunidad para hablar en serio sobre planificación, registro, educación, municipios, prevención, parques privados, reservas privadas y responsabilidad outdoor.
La prevención no puede seguir dependiendo de una hoja suelta, de un cuaderno perdido en una caseta o de un registro que nadie revisa al final del día.
Formación, prevención y responsabilidad
En Summit Trekking Adventure insistimos mucho en la formación porque sabemos que una buena decisión en terreno puede evitar una emergencia.
Capacitarse en primeros auxilios agrestes, aprender a revisar el clima, preparar un botiquín, entender los riesgos de la hipotermia, conocer principios de mínimo impacto y planificar una salida no son detalles menores.
Son parte de una conducta responsable.
Más allá de su tramitación, el proyecto de ley rescate excursionistas deja una pregunta abierta: cómo fortalecemos una cultura outdoor más seria, más preventiva y más responsable en Chile.
Un rescate debería ser la última línea de respuesta. La primera debería ser siempre la prevención.
Y si este proyecto sirve para que más personas, municipios, instituciones, guías, operadores, parques privados, reservas y excursionistas hablen de preparación, registro y responsabilidad, entonces la discusión ya tiene valor.